sábado, 3 de abril de 2010

Manolas y capirotes


Nunca he sido de Semanas Santas. Ya no recuerdo un año en el que no haya aprovechado estos días para escapar, bien fuera, como en los últimos viajes a París y Praga, bien al rincón más escondido de mi propio hogar.

Este año ha sido diferente. Mi monsieur está aquí y me ha tocado ir a descubrir las manolas y los capirotes con los ojos de una turista. ¿Y sabéis qué? Me está encantando.

Esas viudas negras me matan, con su elegancia y su solemnidad. Me divierten los niños que tocan el bombo pisándose las faldas con mirada perdida. Los tambores me dan ganas de comprarme un pito y ponerme a bailar, e incluso me gusta escuchar el estruendo que viene de lejos como una tormenta. Las señoras que sacan las sillas del salón, de la terraza o del camping para reservar el mejor sitio me tienen fascinada y me da muy buen rollo ver a los señores que se van de vinos con el hábito remangado. Y qué queréis que os diga, me parto de risa cada vez que mi francés favorito llega corriendo con el programa en la mano diciendo que hay que salir a la una de la mañana porque es la hora a la que desfilan los de los "disfraces blancos".

Qué cosas. Me han hecho falta 28 añazos para ver lo que tenía delante de las narices.

La foto es de Locustone. Las mías son muy flojitas y me da vergüenza enseñarlas.