Solo tenía hambre, papá. Se va a morir.
Se morirá igualmente.
Está muy asustado.
El hombre se puso en cuclillas y le miró. Yo también estoy asustado, dijo. ¿Entiendes? Muy asustado.
El chico no replicó. Se quedó sentado con la cabeza gacha, sollozando.
Tú no eres el que ha de preocuparse por todo.
El chico dijo algo pero no pudo entenderlo. ¿Qué?, dijo.
Levantó la cara húmeda y tiznada. Sí que lo soy, dijo.
Creo que no he vuelto a ser la misma desde que leí La carretera. Como en El señor de las moscas o el Ensayo sobre la ceguera, la historia del ser humano en situaciones extremas resulta siempre desasosegante. Si además el único objetivo es seguir un camino que no lleva a ninguna parte, la cosa se convierte en insoportable.
Supongo que yo moriría en cuanto la temperatura bajase de 17 grados. Ya me estoy muriendo ahora, aquí en mi casa... O en cuanto llevase día y medio sin comer o cuatro caminando medio descalza. Sería mejor así, sin llegar a tener que enfrentarme a mis propios límites morales sin ni siquiera alguien a mi lado que me recordase que éstos existen. Y sin plantearme el sentido de seguir buscando la última lata de lentejas sobre el planeta.
En una de esas conversaciones que empiezan con comentarios de cine y acaban con reflexiones delirantes, hablaba hace unos días con Iñaky y Eduardo sobre el fin del mundo. Sobre cuánto tardaríamos en reconstruir la civilización si ésta fuera completamente arrasada.
¡Cientos de años! No, hombre, tanto no. ¿No ves que ya tenemos los conocimientos? Sólo tendríamos que volver a utilizarlos. ¿Estás seguro? ¿Sabes cómo se hace el plástico, cómo funciona un ordenador o cómo se extrae el carbón? La sociedad sabe mucho, pero ninguno de nosotros, como individuos, tenemos ni idea de casi nada.
Genial, lo llevamos claro. ¿Y en la película, qué pasaba? Que escogían a unos pocos elegidos sabios y útiles y se los llevaban en naves. Ya... Pues uno de publicidad, otro de audiovisuales y una periodista no iban a tener ni media posibilidad.
Ya tengo dos propósitos de año nuevo. Uno es imprimirme la lista de premios Pulitzer de novela y utilizarla como guía, visto lo muchísimo que me han gustado los que he leído hasta ahora. El otro es aprender a hacer fuego. Sólo por si acaso.
La foto es de Locustone, al que le gustan los árboles que dan miedo.