
Lei el titular, Las curvas de la polémica, y entré a leer la noticia. Algo sobre la revista Glamour, que se había atrevido a incluir a una modelo rellenita en su número de septiembre. Pensé, ya estamos. Después de meditarlo mucho, han decidido sacar a una tía medio normal en la portada o en algún reportaje de moda, llamarla "mujer real que se siente a gusto con su cuerpo y blablabla" y lograr un montón de publicidad gratuita y palmaditas en la espalda para seguir contratando a esqueletillos.
Seguí el enlace, a ver qué habían hecho exactamente. ¿Una talla 40, para decir que nos gustan las mujeres "con curvas"? ¿Una 42, quizá? ¿O quizá habrían osado retratar a una foca de la 44? Ah, no, mucho mejor. Lizzi Miller, una chica con aspecto simpático, sano, divertido, con michelines en la tripa... para un artículo sobre cómo sentirse bien en tu propia piel. De esos que te ponen después de 50 fotos de Kate Moss y Agyness Deyn y tres páginas de dietas milagrosas para decirte que no te preocupes, que nadie es perfecto y que, aunque eres una basurilla, eso no debe deprimirte demasiado, que tu abuela te quiere igual y el palurdo de tu novio tampoco puede aspirar a nada mejor.
Qué polémica, qué valentía. Que desafío a las normas establecidas.
Los lectores escribieron para decirles lo mucho que les gustaba Lizzi, que les hacía sentir genial. Y en Glamour nos lo cuentan, encantados. Será que esto les ha hecho darse cuenta de que, en realidad, queremos ver a chicas gorditas. Que compraremos muchas más revistas femeninas si están llenas de Lizzis.
Y una mierda. Esto es un negocio, Glamour nos da lo que queremos. Y resulta que, a la hora de la verdad, nos apasionan Kate Moss y Agyness Deyn. Que las curvas están muy bien, pero yo me pongo a dieta.
Borregas. Que somos unas borregas.