
Da la sensación de que quedan pocos, pero a veces aún te encuentras con vendedores que son para salir de los probadores aplaudiendo. Que serían capaces de colocarle un tocadiscos a un sordo convenciéndole, con gestos, de que nada va a quedar mejor decorando su salón.
Supongo que el secreto está en verte venir, en saber qué resorte tienen que tocar para que, en vez de marcharte pensando "esto es bonito, pero no tengo dinero y ni siquiera lo necesito", te vayas con una bolsa colgando del brazo y sospechando que eres idiota. Os voy a poner un ejemplo.
Tienda número 1. La marmota entra y se pone a mirar un vestido. El vendedor aparece y grita: "¡Con ese vas a estar igualita a Bettie Page! En los años 50 las mujeres sí que sabían vestir..."
Tienda número 2. La marmota entra y empieza a probarse vestidos. La vendedora aparece y dice: "Mucha gente viene buscando esa marca porque la visten las chicas de Sé lo que hicisteis. Ese que te estás probando lo llevó Patricia Conde hace unos días en el programa".
Cualquiera que me conozca un poco sabrá cuál de los dos es el que cuelga ahora en mi armario.
Y, como bonus, os contaré rápidamente la anécdota del tipo que me intentó vender un corrector de ojeras al grito de "¡Touch Éclat de Yves Saint-Laurent es un producto que toda mujer debe tener!" mientras me embadurnaba toda la cara y yo pensaba que no habría creído posible que alguien así existiera de verdad. Su argumentación falló cuando me empezó a decir: "Además tú, que tienes la piel perfecta..." y yo le miré con cara de que, entonces, no necesitaría maquillaje. El "Eeeeeeeh... ¡Con esto, aún más perfecta!" no me acabó de convencer.