
"Ella piensa: "Le estoy diciendo quién soy. Le interesa saber quién soy". Eso es cierto, pero siento curiosidad por su manera de ser porque quiero follármela. No necesito todo este gran interés por Kafka y Velázquez. Mientras converso así con ella, me pregunto cuánto más voy a tener que aguantar. ¿Tres horas? ¿Cuatro? ¿Llegaré a ocho horas? Cuando llevamos veinte minutos cubiertos con el velo, me pregunto ya: ¿Qué tiene esto que ver con sus tetas, su piel y su porte? El arte francés del coqueteo no me interesa, al contrario que el impulso salvaje. No, esto no es seducción. Esto es comedia. Es la comedia de crear un enlace que no es tal, que no puede competir con el enlace creado sin artificio por la lujuria".
Cuando vi "Elegy", de Isabel Coixet, me encantó. Sentada entre dos parejitas, dejé que los lagrimones me rodaran por las mejillas sin ningún tipo de pudor. Pero creo que "El animal moribundo", la novela de Philip Roth en la que se basa la película, me gustó aún más. Y no por el argumento de siempre, que da como ganadora a la letra escrita en cualquier combate contra el audiovisual, sino porque, con esa sensibilidad habitual que siempre me echa para atrás de primeras y me acaba atrapando al final, la directora le quitó al libro, de una forma muy sutil, gran parte de su cinismo. O quizá no gran parte, pero sí algo.
Justo ese algo que ahora disfruto leyendo.
