jueves, 3 de abril de 2008

De lo perdido

Pero no iba. Nunca iba. Era tan fácil como coger por banda a mi mujer y decirle que tenía que marcharme unos días con cualquier excusa, hoy en día todo son cuchillos y congresos, el mundo está lleno de gente que se pasa la vida metiendo mudas en maletines, liquidando dietas, pidiendo resguardos en taxis y cafeterías, no hay quien no lleve en la guantera su talonario con cheques de hotel y gasolina. Nadie se queda quieto, salvo yo. En realidad no sé bien a qué tenía miedo, no era tanto el temor a que se acabara de desmoronar del todo un matrimonio que ya hacía aguas por los cuatro costados como el pánico a que ella me mirase como se mira a un traidor, quizás a alguna lágrima suya que se escaparía sin duda, al mar de preguntas, a no encontrar las palabras y quedarme allí, sonrojado e inerme, culpable de meter en nuestras vidas el veneno de la desconfianza y el fantasma del fin. Miedo también a hacerle daño, siempre medio enferma, con su bata raída de andar por casa, siempre medio cosiendo, medio viendo la tele, miedo de su tristeza, de esa tristeza suya de tardes de costura con mala luz y boleros de abandono y meriendas de café con leche en la mesa de la cocina y juventud que se escapa rauda, como la sangre de una vena acuchillada, a toda velocidad, bragas cada día más grandes, tallas holgadas, ganas de llorar a veces porque sí simplemente, cremas y más cremas en la repisa del lavabo, gafas para casi todo. Esa tristeza como de falta de aire. Iré a verte, Susana, ya verás como sí, encontraré el modo. (...)

Varias veces estuve a punto de decírselo. Pero, aun con el tono bien ensayado ante el espejo y decididos cuidadosamente hasta los más pequeños detalles de la coartada, me acababa echando para atrás a la hora de la verdad. (...)

Un día sonó el teléfono en mi despacho y la voz desconocida de una amiga suya me informó de que Susana había muerto esa madrugada en un accidente de tráfico. Y entonces me rebelé. (...)

Poseído por esa ira que sólo regala la muerte, llegué a casa y fui directamente hacia donde estaba mi mujer. "Tengo que irme unos días", le espeté a bocajarro. Ya no había marcha atrás. Ella me miró con toda la tranquilidad del mundo y me dijo que le parecía bien, que estaba como tenso últimamente y me vendría bien un cambio de aires. me preguntó si quería su ayuda para preparar la maleta. Y entonces sí que tuve que salir corriendo a ocultarme porque ya rompía a llorar.

Sandra me dejó "Sólo de lo perdido", de Carlos Castán. En la contraportada, Antón Castro -que, por cierto, es omnipresente como Fluvi o como Dios, o si no probad a buscar cualquier cosa en Google y ya veréis lo poco que tarda en aparecer su blog-, dice: "Aquí está de nuevo Carlos Castán con su universo avasallador y a menudo insoportable porque nos deja temblando, al límite del precipicio, doloridos". Y es verdad. Algunos de sus cuentos me han parecido un poco previsibles y simplones, y sin embargo me han provocado una enorme tristeza, no la del dolor de los grandes dramas románticos y exagerados, sino la de la melancolía amarga de lo que quedó atrás, de lo que ya no será, de la soledad y de la rutina.

2 comentarios:

Victoria dijo...

Me ha dejado con ganas de saber quién es Susana.

marmotilla dijo...
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