
Y ahora que las cosas son difíciles, nos acordamos de las preocupaciones que teníamos de niños y deseamos volver a enfrentarnos a ellas. Las afrontaríamos con entereza y sensatez y nos daríamos cuenta de que no merece la pena sufrir.
"No digas tonterías -dice la voz-, ¿serías feliz viendo a tus pequeños amigos desde la superioridad del que es mucho más maduro?" "Tienes razón", respondo. Y es que a cada edad le corresponde su propio dolor, su satisfacción característica.










