
El mundo de los compañeros de piso no tiene límites. Cualquiera que haya compartido vivienda con alguien sabrá que es en esta situación cuando más puedes llegar a sorprenderte de la diversidad del ser humano (y de sus interminables rarezas). Yo he tenido unos cuantos, pero no diré sus nombres. Nunca se sabe quién puede llegar a leer esto, y no me apetece airear las intimidades de nadie.
A resultó ser una estafadora. No acabamos bien.
B dejaba siempre su ropa interior sucia encima de la radio del baño, después de pegarse una hora ahí encerrada. Yo no podía soportarlo.
C, en Alemania, desayunaba en calzoncillos mientras yo lo hacía con abrigo. Es curioso lo que puede llegar a variar la percepción de la temperatura. Acabó dejando el piso para irse a vivir a una casa alejada del centro, y empezó a cultivar hortalizas.
D era estupenda, pero podría haber llegado a matarla para recuperar el teléfono.
E me preguntó una vez si maquillarse dolía. Se ve que las chinas más conservadoras no se pintan los ojos. Cocinaba genial, y yo siempre me sentí mal por no poder corresponder a sus platos con buena comida española.
F era un sol. Hacía todo lo posible por integrarse, pero se notaba que en su país no estaban muy acostumbrados al contacto físico, y se ponía tenso cada vez que le tocaba.
G dejaba siempre los restos de comida en el salón. A nadie le habría importado si no hubiera sido por las cucarachas.
H estaba convencida de que alguien le robaba las galletas. Y los salva-slips. Ninguna de las dos cosas era cierta.
I estaba licenciado en Derecho, pero lo dejó todo para estudiar batería.
J iba a todas partes en patines y prefería no hablar francés, aunque fuese su lengua materna.
A K, también francesa, eso la sacaba de quicio. Por cierto, era muy dulce y muy simpática, y ahora caigo en que la echo de menos.
Con L acabé mal, a pesar de todo lo que me alegré de que viniera a vivir con nosotros. Llegué a estar muy enfadada con él, pero ahora ya no tiene importancia.
M era de Hamburgo y tenía el estómago delicado. Nos llevábamos bien, pero no volvimos a saber de ella.
N era italiana e hiperactiva -en el mejor sentido de la palabra-. Me gustaría haberla conocido mejor.
Ñ era polaca. Sin papeles y sin hablar español, consiguió trabajo de camarera en una discoteca en tan solo una semana. Cuando enfermé de neumonía me dijo que me tendría que aguantar porque todos los demás fumaban, y no me sentó muy bien.
Con O, checa, compartía habitación -Londres es carísimo-, pero nunca fue un problema. Adoraba la escalada y la ciencia-ficción, y no habría visto "Alien" de no ser por ella.
P era masajista y estaba -o había estado- liada con mi profesor de inglés. Siempre me resultó extraño verlo con ella en el salón.
Q era una de esas personas que prefiere dejar notitas antes que decir las cosas a la cara.
R se ponía muy nerviosa si alguien descolgaba sus cosas del tendedor y no las plegaba. A veces se enfadaba y nadie sabía por qué.
S, mi vecina de la residencia, llamaba a mi puerta indignada cada vez que intentaba ver una peli, poner música o hacer ejercicios de "listening" de inglés. Luego hacía "fiestas de pijama" ruidosas en su dormitorio.
T era muy majo, y la persona más irresponsable que he conocido. Con 19 años y todavía en el instituto, nunca entendí muy bien por qué su madre le dejaba vivir solo.
U nos pegaba unas palizas al Trivial tremedas, pero cuando le tocaba bajar la basura o cualquier otra cosa de la casa, fingía que no se había enterado por sus problemas con el idioma.
V desayunaba zombi todos los días y guardaba el bote de Cola Cao en la nevera.
Y aún me dejo a alguno.
Esto iba a ser sólo una introducción, pero ha quedado mucho más largo de lo que esperaba, así que el resto tendrá que esperar. ¿Quién iba a pensar que -durante más o menos tiempo- he llegado a vivir con tanta gente? Ah, yo también tengo mis excentricidades, no creáis que no lo sé. Pero esas, mejor que las cuenten otros.