domingo, 20 de agosto de 2006

Historias de autobús (III)

Estoy en el autobús y la vuelvo a ver. Lleva una gorra que le cubre el pelo teñido de rubio platino, gafas de sol, una camiseta ajustada, vaqueros y zapatillas deportivas. Se sienta despreocupadamente, con una pierna apoyada sobre el pequeño saliente de la pared.

Si pudieras pasar por alto sus cabellos encrespados, las manchas de su piel y las arrugas que cubren sus manos, cuello y rostro, pensarías que tiene 15 años. Pero no es así. Debe de tener unos 65, puede que más, puede que menos. Es difícil decirlo con seguridad.

Ahora la veo a menudo. Hace unos días, se sentó junto a un grupo de adolescentes y empezó a charlar animadamente con ellos. El tema no lo recuerdo, puede que fuera sobre Fernando Alonso. Congeniaron en seguida, todos parecían disfrutar con su compañía.

Hoy la veo junto a una mujer que debe de tener su misma edad. La señora viste la típica falda de señora, a la altura de la rodilla, y lleva la típica permanente de señora, al estilo coliflor. Eso no parece suponer ningún problema para ellas. Al fin y al cabo, tienen mucho en común, y charlan sobre los precios del mercado, el calor y la frecuencia de los autobuses.

Parece extraña, pero se lleva bien con todos. Es simpática y agradable. Creo que yo de mayor quiero ser como ella.

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Publicado el 19.08.06 en ¿La curiosidad mató al gato?

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