lunes, 6 de noviembre de 2006

Crueldad

Hace algún tiempo tuvo lugar un interesante debate en el antiguo blog de Miss Sinner, aunque, por desgracia, la entrada se perdió junto con todos los comentarios. Trataba sobre la violación de una niña irakí y de su familia, y cómo los soldados que lo hicieron habían alegado "estrés de combate" en su defensa.

Podéis leer la noticia aquí:
Los soldados que violaron y asesinaron a una niña irakí y a su familia alegan 'estrés de combate'

Entonces, muchos nos llevamos las manos a la cabeza y aseguramos que eso no tenía justificación (algo que sigo creyendo). Sin embargo, todo el asunto dio pie a que un par de personas hablasen sobre lo que puede llegar a hacer un grupo de gente que no ha recibido la formación precisa para soportar situaciones tan duras como las de la guerra. Siento ser tan vaga, pero no recuerdo los comentarios con exactitud y no querría poner en boca de nadie afirmaciones que pueden resultar delicadas. En cualquier caso, yo defendí que ninguna persona normal podría llegar a cometer semejantes atrocidades por muy difíciles que fuesen las circunstancias, y que habría que ser un hijo de puta para hacerlo.

El 29 de octubre, EP(S) publicó un artículo de Peter Laufer sobre los soldados estadounidenses que han abandonado el ejército a causa de la guerra de Irak. Podéis leerlo completo aquí:
“No quiero matar inocentes”

En él se cuentan varios casos. La verdad es que todas las historias son escalofriantes, pero quiero reproducir aquí este fragmento:


Darrell Anderson se enroló en el ejército de EE UU justo antes de que comenzara la guerra de Irak.

(...)

Después de combatir durante siete meses en Irak –llegó a casa con un Corazón Púrpura, la condecoración que demostraba su sacrificio–, se le abrieron los ojos. “Cuando me alisté, quería luchar”, afirma. “Quería entrar en combate y ser un héroe. Quería salvar a gente y proteger a mi país”. Pero poco después de llegar a Irak, recuerda, se dio cuenta de que los iraquíes no le querían allí, y escuchó historias tan duras que le sorprendieron e inquietaron.

“Unos soldados me describieron cómo habían golpeado a prisioneros hasta matarlos”, asegura. “Eran tres, y uno dijo: ‘Yo le daba patadas por un lado mientras otro le pateaba la cabeza y otro le daba puñetazos, y se murió’. Era gente a la que conocía. Se estaban jactando de ello, de cómo habían golpeado a gente hasta matarla”. Son asesinos consumados. Sus amigos habían muerto en Irak, así que ya no eran las mismas personas que antes de ir allí.

Anderson dice que incluso las conversaciones banales eran difíciles de soportar. “Odio a los iraquíes”, afirma que decían sus compañeros. “Odio a estos malditos musulmanes”. Al principio esas conversaciones le extrañaban. “Al cabo de un tiempo empecé a comprenderlo. Yo mismo comencé a sentir aquel odio. Mis amigos estaban muriendo. ¿Qué pinto yo aquí? Vinimos a luchar por nuestro país, y ahora luchamos sólo por seguir vivos”.

Me llama la atención la manera en la que relata cómo empezó a sentir odio. Él lo cuenta y, según el artículo, lo dejó todo y desertó. Pero, ¿Cuánta gente puede haber que desarrolle ese odio sin cuestionarse qué es lo que está pasando, y que, simplemente, mate y torture sin más?

A veces, se "explica" todo esto diciendo que "ya se sabe, los soldados estadounidenses que van a Irak son unos burros paletos". No creo que sea tan sencillo, aunque pueda servir para apartar momentáneamente la inquietud que provocan estas cosas.

Algunos días más tarde, hablando de otro tema, Lord Morfeo me pasó un enlace muy interesante sobre el experimento de la cárcel de Stanford, en el que se basa la película alemana "El experimento", de Oliver Hirschbiegel.

Podéis ver todo el proceso detallado aquí:
Experimento de la cárcel de Stanford

En él se utilizó "una muestra de veinticuatro estudiantes universitarios de Estados Unidos y Canadá". Según explican, "un grupo medio de hombres saludables, inteligentes y de clase media", a los que se dividió en dos grupos: los presos y los guardas. Nada más comenzar el experimento se empezaron a detectar conductas vejatorias, incluso sádicas, de los guardas respecto a los presos, mientras que estos últimos sufrieron una pérdida de autoestima tan fuerte que empezaron a comportarse como si realmente no tuviesen opción de escapar de allí. La situación se radicalizó hasta tal punto que el proyecto se suspendió a los pocos días.

Es increíble. Coges a un grupo de personas normales, las pones en una situación ficticia de dominación y se comportan de manera brutal. Todo esto da que pensar... Quiero creer que yo no sería capaz de maltratar a nadie porque sí, pero supongo que esta gente también pensaba así. ¿Cómo puede ocurrir? ¿Realmente es tan sencillo que la maldad salga a la superficie? ¿Cuántos de nosotros seríamos capaces de ser crueles e inhumanos, aunque ahora nos parezca imposible?

Resulta aterrador.


><

Publicado el 06.11.06 en MSN Spaces-el sueño de la marmota.

1 comentario:

Niña desastrosa en terapia peligrosa dijo...

Yo creo que cualquiera podría acabar llegando a esa situación... y que serían muy pocos (y muy afortunados) los que se dieran cuenta a tiempo...
y sí... me parece aterrador :(