martes, 31 de octubre de 2006

Mundo real

¿Me respetarías si te dieses cuenta de que no soy perfecto?
¿Qué harás cuando descubras que soy débil, feo e ignorante?
¿Me seguirías queriendo si te dijese que he sido cruel?
¿Lo harías si supieses que puedo hacer daño? ¿Que puedo hacerte daño?



Hay muchas citas que suenan bien. Frases de esas que la gente se escribe junto al nombre en el messenger, en la carpeta o, por qué no, de subtítulo en el blog. Algunas son realmente estúpidas. Una que veo constantemente y que me parece una gilipollez totalmente absurda y vacía es "Amar significa no tener que decir nunca 'lo siento'", de "Love Story" (si no me equivoco). La frasecita es muy bonita, pero no tiene ningún sentido a no ser que vivas en el mágico mundo de los cuentos de hadas.

¿Habéis visto la película "Closer"? La razón por la que está en mi lista de películas es porque me encantó su honestidad -además de esa preciosa "The Blower's Daughter" de la banda sonora-. Después de tanto tiempo de ver cuentos que pretenden convencerme de que la gente buena no hace nada malo y que el amor sólo es verdadero cuando permanece puro e inalterable a través de los años, me encontré con una historia que podía entender. Que mostraba que ni las personas ni las relaciones son perfectas, que todos tenemos defectos y que cualquiera puede llegar a hacer daño.

¿Nunca habéis herido a alguien a quién queríais? ¿Nunca habéis sido injustos? ¿No os habéis equivocado ni una vez? Puede que nunca tengas que llegar a decir "lo siento" en una relación platónica pero, ¿qué pasa en la realidad? ¿Qué ocurre con las verdaderas relaciones entre personas de carne y hueso? Las cosas no son blancas o negras, y hay sentimientos que no se pueden controlar. Igual que no puedes usar tu plato favorito día tras día y esperar que no se caiga al suelo ni una sola vez, no puede pretender compartir todo con alguien durante años y que todos los días sean perfectos.

Haremos daño y nos harán daño. No sé, tal vez sea amor si somos capaces de decir "lo siento" con sinceridad...















Imagen: Natalie Portman, en Closer


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Publicado el 31.10.06 en MSN Spaces-el sueño de la marmota.

viernes, 27 de octubre de 2006

Pequeña Miss Sunshine

"- ¿Qué ha pasado?
- Te lo contaré cuando salga del shock."

Por alguna razón, las películas independientes -o pretendidamente independientes- norteamericanas suelen plantear sus historias en torno a un grupo de personajes atípicos que interaccionan de alguna manera (normalmente, formando parte de la misma familia). "Pequeña Miss Sunshine" no es una excepción. Siempre que no odies ese estilo -diálogos absurdos, situaciones surrealistas-, puedes encontrar muy buenas obras, como esta road movie, que no inventa nada nuevo, pero que lo que cuenta, lo cuenta bien.

"Pequeña Miss Sunshine" cuenta el viaje de una familia a California para que la pequeña Olivia, de 7 años, pueda participar en uno de esos grotescos concursos de belleza infantiles. Es decir: una niña con gafas y dientes de conejo (eso sí, muy graciosa), un padre obsesionado con el éxito, un abuelo al que han echado de la residencia por su afición a las drogas, un tío suicida, un hermano que ha hecho voto de silencio y una madre más o menos normal en una furgoneta estropeada en la que hay que subirse en marcha porque no funciona la primera. Todo ello narrado con agilidad, de manera que el resultado es una película divertida, entretenida, bonita y, en ocasiones, enternecedora, siempre que el espectador sea capaz de tolerar la falta de verisimilitud de algunos momentos.

No podían faltar los toques dramáticos, pero, eso sí, en su justa medida. El diálogo tío-sobrino frente al mar y la escenita final del concurso son quizá momentos demasiado empalagosos, pero no consiguen empañar el resto, que gustará a los que disfruten -como yo- de las comedias ingeniosas con personajes curiosos y poca moralina. "Pequeña Miss Sunshine" ha tenido la suerte de llegar amparada por el festival de Sundance, pero no creo que permanezca mucho tiempo en las pantallas. Por lo menos, en las de ciudades como Zaragoza. Aprovechad e ir a verla, que merece la pena.



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Publicado el 27.10.06 en MSN Spaces-el sueño de la marmota.

martes, 24 de octubre de 2006

Bichos

Siguen ahí. Me dijeron que me dejarían tranquila pasados unos días, cuando se acostumbraran a mi presencia, pero los malditos bichos siguen ahí.

Me acechan constantemente. A veces desaparecen durante el tiempo suficiente para que pueda creer que se han marchado, pero no lo hacen. Cuando menos me lo espero, vuelven a aparecer y se lanzan sobre mí.

Son pequeños; uno de ellos no es más molesto que un mosquito, pero son muchos. Abro la puerta, doy unos pasos por las calles vacías y salen de su escondite. Empiezan a rodearme y a morderme las piernas. Los piso y consigo aplastar a algunos, pero cada vez son más. Me atacan, y duele.

Cuando llego al trabajo estoy cojeando y tengo el pantalón roto. A través de los jirones de carne destrozada puede verse hasta el hueso, y la zapatilla está empapada de sangre.

Curiosamente, nadie parece advertirlo.


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Publicado el 24.10.06 en MSN Spaces-el sueño de la marmota.

lunes, 16 de octubre de 2006

Roald Dahl

Roald Dahl murió el 23 de noviembre de 1990. Ese día perdimos a un gran escritor. Yo, personalmente, perdí al autor de muchos de mis libros favoritos de niña y de un buen número de historias que sigo releyendo una y otra vez (aunque la mayoría las conocí después de esa fecha). De vez en cuando sigo encontrando relatos suyos en ediciones que ya han desaparecido y es como desenterrar un tesoro. Sé que llegará el día en el que ya haya leído todo lo que publicó, y la idea me entristece.

Al él le habría dado igual, claro, pero me gustaría haberle dicho lo que sus libros significan para mí. La sensación que me provocan. Y, ya que no podré hacerlo, voy a intentar compartirlo con los que, tal vez, no conozcan su obra. Podéis leer su biografía en la web de
Viaje Literario o en su página oficial (en inglés). O, mejor, podéis leer "Boy" (1984), donde relata historias de su infancia.

Roald Dahl es muy conocido por sus novelas para niños, que han sido llevadas al cine en numerosas ocasiones. Por desgracia, la mayoría de los directores deciden transformar sus historias en lo que creen que debe ser una película para niños, convirtiéndolas en cuentos pastelosos y quitándoles toda su crudeza. Supongo que esta gente cree imposible que un crío pueda asimilar que el protagonista de "Las brujas" se convierta en ratón y asuma que morirá pronto y tienen que hacer aparecer a una "bruja buena" que le vuelva a transformar en humano (lo que ocurre en la película "La maldición de las brujas"). Dahl, sin embargo, comprendía que los niños no son tontos y que son capaces de soportar mundos que no son de color rosa. "Matilda", "El gran gigante bonachón", "Charlie y la fábrica de chocolate"... Todos ellos son libros llenos de imaginación con los que un adulto puede seguir disfrutando.

Pero la imaginación de Dahl no se quedó en los cuentos infantiles. Sus relatos para adultos son historias que enganchan y que sobrecogen, con giros inesperados que sorprenden y que, en ocasiones, ponen la piel de gallina. Si podéis, leed "Jalea real" o "La patrona", por ejemplo. Escalofriantes... El sexo también es protagonista en algunos de sus textos, como los relatos de "El gran cambiazo" o la novela "Mi tío Oswald", en la que el protagonista se hace rico comercializando un potente afrodisiaco.

Sus méritos no pasaron desapercibidos, y muchas de estas historias también fueron adaptadas al cine o a la televisión (y lo siguen siendo, como la versión de "Charlie y la fábrica de chocolate" de Tim Burton). Vaya sorpresa me llevé cuando leí "Hombre del sur" y recordé la historia de la película "Four Rooms" dirigida por Quentin Tarantino...

En fin, lo mejor es que leáis alguno de sus textos. Aquí dejo "Cordero asado", publicado en el libro "Relatos de lo inesperado":

La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.


De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.

Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.

Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.

—¡Hola, querido! —dijo ella.

—¡Hola! —contestó él.

Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.

—¿Cansado, querido?

—Sí —respondió él—, estoy cansado.

Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.

Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.

—Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.

—Siéntate —dijo él secamente.

Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.

—Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky.

—Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella.

El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.

—Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.

—No —dijo él.

—Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.

Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.

—Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.

—No quiero —dijo él.

Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.

—Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.

—No me apetece —dijo él.

—¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.

Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.

—Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.

—Vamos —dijo él—, siéntate.

Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. El había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.

—Tengo algo que decirte.

—¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?

El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.

—Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.

Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.

—Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.

Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.

—Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.

Esta vez él no contestó.

Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.

Era una pierna de cordero.

Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.

Se detuvo.

—Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.

En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.

La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.

«Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»

Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?

Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.

Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.

—Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.—Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.

Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.

Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.

—Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.

—¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?

—Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.

El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.

—Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.

—¿Quiere carne, señora Maloney?

—No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.

—¡Oh!

—No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?

—Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?

—¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.

—¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?

—Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?

El hombre echó una mirada a la tienda.

—¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.

—Magnífico —dijo ella—, le encanta.

Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:

—Gracias, Sam. Buenas noches.

Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.

«Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»

Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.
—¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.

Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.

Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:

—¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!

—¿Quién habla?—La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.

—¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?

—Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.

—Iremos en seguida —dijo el hombre.

El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O'Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.

—¿Está muerto? —preguntó ella.

—Me temo que sí... ¿qué ha ocurrido?

Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O'Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.

Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.

Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.

—¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.

Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.

«..., parecía normal..., muy contenta..., quería prepararle una buena cena..., guisantes..., pastel de queso..., imposible que ella...»Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.

—No —dijo ella.

No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.

—Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.—No —dijo ella.

Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.
La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.

—Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.

Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.

—¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?

—No tenemos jarrones de metal —dijo ella.

—¿Y un atizador?—No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.

La búsqueda continuó.

Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.

—Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?

—Sí, claro. ¿Quiere whisky?

—Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.

—¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.

—Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.

Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.

El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:

—Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?

—¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!—¿Quiere que vaya a apagarlo?

—¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.

Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.

—Jack Nooan —dijo.

—¿Sí?

—¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?

—Si está en nuestras manos, señora Maloney...

—Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.

—Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.

—Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.

Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.

—¿Quieres más, Charlie?

—No, será mejor que no lo acabemos.

—Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.

—Bueno, dame un poco más.

—Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.

—Por eso debería ser fácil de encontrar.

—Eso es lo que a mí me parece.

—Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario.

Uno de ellos eructó:

—Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.

—Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?

En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.













Imagen: Matilda, de Quentin Blake,
dibujante que ilustró muchos de los libros de Roald Dahl

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Publicado el 16.10.06 en MSN Spaces-el sueño de la marmota.

Frivolidades

Me he comprado un vestido y estoy contenta. Lo vi hace tiempo y pensé: "es bonito, pero no te lo pondrás; es demasiado extravagante". Pero, después de más de una semana sintiéndome sola, de mal humor, en una ciudad en la que no conozco casi nada ni a casi nadie, he decidido que me da igual. Que me apetece hacerme un regalo. Y me lo he hecho.

Por la tarde voy con Blanca a ver "Cabaret". Como no supe hasta la semana pasada cuándo tendría fiesta, tardamos mucho en comprar las entradas y tenemos unos asientos horribles.

"Palco de visibilidad reducida". Desde luego, sólo vemos coronillas.

Huele a quemado. Miramos hacia arriba. Los focos están a medio metro. Blanca dice: "¿Pelo quemado?" Y nos reímos.

Lo bueno del palco es que podemos ver que en las primeras filas hay asientos libres. Está claro que hay gente que, por alguna razón, tenía entradas pero no ha ido. Después del descanso decidimos bajar a esos asientos. Desde luego, la perspectiva cambia totalmente. Ahora vemos las caras, aunque nos perdemos la orquesta. Estamos demasiado cerca. La señora de detrás le dice a su amiga: "¿Ahora llegan? Pues se han perdido toda la primera parte..."

El maestro de ceremonias aparece y dice que es el momento de que participe el público. Le digo a Blanca que, entonces, es el momento de que volvamos al palco. El maestro de ceremonias saca a un par de personas a bailar y después señala a los palcos y grita: "¡Hooola, pobrrrrrresss!" con un supuesto acento alemán. Blanca me dice que nosotras somos dos pobres listas. Yo sólo espero que el maestro de ceremonias no se haya dado cuenta de nuestra maniobra y nos señale diciendo: "¡dos pobrrrrres que se han cambiado de sssitiooo!".

No, parece que no se ha dado cuenta. En realidad, es poco probable que alguien pueda ver desde el escenario a la gente sentada en un palco lateral con los focos justo encima.

El musical nos encanta, aunque Blanca le haya cogido manía a uno de los actores. A la salida, vamos a un bar. Las camareras parecen clones. Son dos rubias oxigenadas idénticas con la misma falda negra diminuta y la misma camiseta blanca ajustada. El camarero es un tipo corriente, vestido de un modo corriente. Hablamos, nos reímos.

Y ahora, mientras el ruido de los fuegos artificiales me impide concentrarme en el trabajo que tendría que haber acabado hace un mes, escribo tonterías. Después de más de una semana sintiéndome sola, de mal humor, en una ciudad en la que no conozco casi nada ni a casi nadie, me he comprado un vestido precioso que no me pondré casi nunca, he ido al teatro con una amiga y lo he pasado bien.


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Publicado el 16.10.06 en MSN Spaces-el sueño de la marmota.

viernes, 13 de octubre de 2006

El laberinto del Fauno

"Lo que habita ahí no es humano"


Lo dejo claro desde un principio: sin duda, ésta es una de las mejores películas que he visto en los últimos meses -si no la mejor-.

En cuanto al guión y la dirección, "El laberinto del Fauno" es brillante. Guillermo del Toro ha conseguido unir dos historias, la "real" y la "fantástica" sin que ninguna acabe con la otra ni se vuelvan incoherentes. Un drama sobre la guerra civil y un cuento mágico. De forma totalmente equilibrada, de manera que el espectador no sabe si le interesa más una o la otra y sin que la película se vuelva absurda. Cualquiera de las dos bastaría para enganchar por si misma, y aquí aparecen las dos, perfectamente integradas, y dejando espacio para que cada uno decida si prefiere creer que la magia existe realmente o todo está en la imaginación de su protagonista Ofelia.

Personalmente, entré en el cine pensando que los cinco primeros minutos transcurrirían en la superficie, por así decirlo, y el resto en el laberinto. Nada más lejos de la realidad. La película va saltando entre los dos mundos a través de su protagonista sin que ello suponga ningún problema, con una habilidad admirable. Creo que pocos directores habrían superado ese problema sin que la película resultase, en ocasiones, forzada. Guillermo del Toro lo consigue como si tal cosa, y termina uniendo los dos mundos de la mejor manera posible.

Gran parte del mérito recae sobre los actores, desde luego. Empiezo mi quiniela de los Goya augurando que Ivana Baquero se llevará uno (lo hace estupendamente y ya se sabe que el tener sólo 12 años ayuda). Por cierto, físicamente es sorprendentemente parecida a Ariadna Gil, su madre en la película. Y sería injusto olvidar las interpretaciones de Sergi López, en el papel del capitán Vidal, o de Maribel Verdú y Álex Angulo.

La imagen es fascinante. Obviamente, toda la parte fantástica le debe mucho a unos efectos especiales impresionantes. Aquí es cuando te dices: "¿Y esto es una producción española? Vaya, vaya..." La escena de la segunda prueba, con un monstruo que podría estar en las peores pesadillas de cualquiera, es inolvidable. Pero eso no es todo. Esa parte tan mágica puede hacer que no se valore como merece toda la atmósfera de la España de los años 40, que está conseguidísima.

Y una advertencia: la película es muy dura. Mucho. Que a nadie se le ocurra llevar a un niño pensando que se trata de un cuentecillo, que lo traumatizará de por vida. Hay imágenes muy violentas, de las que hacen que apartes la vista de la pantalla. ¿Es gratuito? Eso es lo que nos preguntábamos a la salida del cine. Yo creo que no. La historia que está contando es trágica. Las imágenes acompañan la crudeza de las situaciones narradas. La dureza de la guerra.

Puestos a ser quisquillosos, pondré dos "peros": en primer lugar, creo que la historia hubiese ganado si el villano hubiese sido un personaje con más matices. Alguien que mostrase algo de humanidad en algún momento y a quien no fuese tan fácil odiar. Y, en segundo lugar, creo que se podría haber mostrado el reino feliz del laberinto sin que Federico Luppi diera la sensación de ir a lanzar caramelos en cualquier momento desde la carroza de los Reyes Magos. Pero bueno, son sólo detalles totalmente subjetivos...

En cualquier caso, una película imprescindible que le gustará a cualquiera. A quien le guste el género fantástico o al amante de los dramas. Al que le guste el suspense o al que, simplemente, quiera entretenerse una tarde. Hacedme caso, no os la perdáis, que merece la pena.




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Publicado el 13.10.06 en MSN Spaces-el sueño de la marmota.

martes, 10 de octubre de 2006

Sesión de cine particular

Me encanta ir al cine sin compañía, especialmente cuando hay poca gente. Me gusta la sensación de estar en una sala silenciosa ante una gran pantalla, y creo que es la mejor manera de disfrutar de una película. Sin embargo, nunca había conseguido estar completamente sola. En ocasiones había estado a punto. Normalmente, entre semana y en películas no demasiado comerciales. En "Happiness" y en "Shall we dance?" (la original japonesa) casi lo conseguí, y en una reposición de "Coffe & Cigarettes" en un pequeño cine de Hamburgo creí que lo había logrado cuando, a última hora, entró un espectador.

¿Quién me iba a decir que ayer, con la proyección de "El diablo viste de Prada", sería el día que consiguiera estar completamente sola en la sala de un cine?

imagen: arapax, en devianart



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Publicado el 10.10.06 en MSN Spaces-el sueño de la marmota.

jueves, 5 de octubre de 2006

Una enfermedad

¡Alegraos, deprimidos, pues hoy es vuestro día!
(¡Oh, qué humor!)

Leo en el diario gratuito ADN que hoy se celebra el Día Europeo de la Depresión. ¿Hay algún día que no sea el "Día de" algo? En fin, dejando ese asunto aparte, me gustaría hacer una pequeña reflexión sobre el tema. Quien quiera datos sobre la depresión, puede leerlos en este artículo (o en tantos otros).

El caso es que la depresión es una enfermedad, y muchos no acaban de creérselo. Puede aparecer por un desencadenante, o puede surgir sin ningún motivo aparente. Evidentemente, determinadas circunstancias en la vida harán que cualquiera se hunda. En esos casos, la gente tiende a comprender que la persona esté triste, pero eso no implica necesariamente que padezca una depresión.

El caso contrario es más difícil. ¿Qué pasa con aquellas personas que, a simple vista, lo tienen todo para ser felices y, sin embargo, no lo son? ¿Qué pasa con las que lloran sin motivo aparente o a las que les afecta cualquier pequeñez? Ellos son los que se encuentran con la incomprensión, con el estigma del "quejica" con el que no se puede razonar.

Nadie reprochará a un enfermo de gripe que no se levante de la cama, pero son muchos los que serán incapaces de entender a un enfermo de depresión. Y el apoyo es fundamental.

Por otra parte, para el enfermo puede ser difícil entender su propio problema, y aceptar que un tratamiento le puede ayudar a salir de él. ¿Prozac? No, por Dios, eso es para locos. ¿Por qué unos medicamentos resultan "vergonzosos" y otros no? Evidentemente, las opiniones de gente como Tom Cruise y otros listos que están convencidos de que todo esto se soluciona con vitaminas y buen humor no ayudan demasiado. Sumar la enfermedad al estigma impuesto por la sociedad contribuye a que muchos casos no se traten de forma adecuada.

¿Que unas determinadas pastillas recetadas por un profesional pueden ayudarte? ¿Qué tiene eso de malo? ¿Que las tienes que tomar por un periodo prolongado de tiempo? Hazlo. ¿Es que acaso alguien le reprocha a los diabéticos que utilicen insulina?

En el lado opuesto, están los "enamorados del dolor", los que disfrutan de la estética del sufrimiento y fantasean con el romanticismo de la muerte. Si están sanos, no hay problema, pero determinados círculos pueden contribuir a que un enfermo de depresión no intente acabar con el problema, sino que acabe asentándose en él. Igual que las webs pro-anorexia dificultan enormemente la curación de muchas personas, que encuentran en ellas un apoyo que contrarresta la ayuda que les puedan ofrecer otras personas, los grupitos "vamos a suicidarnos todos, que es supermolón" pueden hacer fracasar cualquier intento de curación por parte del enfermo, de su entorno o de los profesionales.

Repito: la depresión es una enfermedad, y mucho más frecuente de lo que parece a simple vista. Puede aparecer puntualmente o de manera repetida en una persona propensa a ella, y se puede tratar. Pero, para ello, lo primero es acabar con los prejuicios y falsos tópicos que aún acarrea. Todavía hay quien cree que los deprimidos son, simplemente, unos egoistas que sólo se miran el ombligo, unos llorones o personas faltas de inteligencia. Es necesario acabar con ese desconocimiento.


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Publicado el 05.10.06 en MSN Spaces-el sueño de la marmota.

lunes, 2 de octubre de 2006

Cambios

Siempre me ha gustado vivir en otros lugares. No simplemente viajar, sino instalarme en otro sitio. Ver calles desconocidas que a los pocos días pasan a ser parte de la cotidianeidad. Buscar el supermercado más cercano y husmear por todos los rincones de mi nueva ciudad de acogida. Hacer mi nueva habitación habitable.

El ser una desconocida, el tener que empezar de cero en un lugar extraño o el buscar nuevos amigos siempre se había visto compensado por mi curiosidad y mi ilusión por cambiar de aires.

Sin embargo, esta vez era diferente. Por una vez, me apetecía asentarme en la comodidad de lo conocido. Seguir con mi día a día, mis amigos y mi familia y no preocuparme por nada más.

Definitivamente, que a última hora decidiesen mandarme a trabajar a Huesca no estaba entre mis planes...


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Publicado el 02.10.06 en MSN Spaces-el sueño de la marmota.

Viaje al cielo

Esperando en la parada, veo un coche largo, negro y brillante a lo lejos. Pienso que es una limusina, y lo observo con interés. Cuando se acerca, me doy cuenta de que, en realidad, es un coche fúnebre.

Seguro que esto podría dar para algún tipo de reflexión pseudofilosófica...

Yo paso.


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Publicado el 02.10.06 en ¿La curiosidad mató al gato?