miércoles, 3 de mayo de 2006

Historias de autobús

El autobús está lleno, como cada mañana. Una mujer sudamericana se sienta junto a sus dos hijas. La mayor aparenta unos diez años; la pequeña, tres o cuatro. La más joven de las hermanas se retuerce en el asiento, como todos los niños. Se da la vuelta, se pone de rodillas, se abraza a su madre. En ese momento, una chica de unos veinticinco años se intenta sentar en el asiento de la niña.

- Aparta, déjame que me siente. (???)
- No, aquí está mi hija. (Obviamente...)
- No, la niña, encima de su madre. (¿Eh? ¿Y eso quién lo dice?)
- No... (Faltaría más...)
- Además, ¿ha pagado billete? (¿Y tú, lo has pagado?)
- Sí, lo ha pagado. (Y si, por edad, no hubiera pagado, daría exactamente igual.)
- Pues debería sentarse encima tuyo, desde luego... (Palabra de sheriff... Todos queremos sentarnos, pero, ¿qué es esa falta de respeto, de educación y de vergüenza?)

Por suerte para todos, la chica se calla antes de que me harte y le diga que deje en paz a la niña, que se sentará donde le salga de los cojones. La pequeña mira a la chica y mira a su madre. En sus ojos se adivinan lágrimas y confusión. Llega su parada y se bajan. Sonrío a la mujer y me siento. Dos mujeres se sientan en los lugares que ocupaban sus hijas. La defensora de las "leyes-no-escritas-de-autobús" se queda sin su codiciado asiento.

Yo pienso: "¿Trataría esta chica así a esa otra mujer y a su niña que se sientan dos asientos por delante, con pinta de españolas adineradas?" Tal vez tenga prejuicios, pero lo dudo... Y lo cierto es que no lo hace.

><

Publicado el 03.05.06 en ¿La curiosidad mató al gato?

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